Nueve segundos
26 de Enero, 1985. Comenzaba un nuevo sábado. Los niños dormían, los jóvenes salían a bailar, ¿ Y los adultos?. Algunos de ellos también dormían, otros tomaban cerveza Andes mientras miraban una película y algunos sacaban la basura a la calle, mirando indignadamente a sus hijos o a los hijos de sus vecinos que partían de sus casas, recordándoles que en sus épocas a las 12 de la noche ya estaban durmiendo.
Ninguno de ellos imaginó que algo así ocurriría, excepto Morita (una dulce perrita), que comenzó a ladrar como si alguien hubiese entrado a robar a la casa. El piso comenzó a moverse lentamente. ¡Un temblor!, todos pensaron, algo que luego de ese hecho pasó a ser a moneda corriente. Lo que comenzó como un sismo se tornó más violento. El sismógrafo marcó 6,3 grados en la escala de Ritcher creando pánico en todo Mendoza, mayormente en Villa Hipódromo, una zona de la localidad de Godoy Cruz. Las casas se desmoronaban, los hospitales caían y las personas que estaban en la vereda corrían en busca de un refugio. Todo era un caos, especialmente en la casa de la familia González.
Gerardo González era el quioskero del barrio. Todos los días se levantaba a las 6.00 a.m. Se sentaba en la cama, bostezaba, con sus torpes manos se rascaba la nuca y somnolientamente se vestía. Se ponía su pantalón marrón claro, su camisa celeste lisa, la cuál prendía hasta el último botón, sus medias blancas Adidas, que su mujer lavaba haciéndolas aún más blancas y calzaba unas zapatillas blancas Topper. Luego se dirigía hasta la cocina, prendía la hornalla y colocaba la pava para calentar el agua. Mientras esperaba, iba al baño a realizar sus necesidades matutinas, se lavaba la cara con jabón rexona y peinaba su blanca cabellera hacia atrás. La pava silbaba avisando que ya estaba lista., por lo que el hombre se sentaba en la mesa, se tomaba unos mates con su yerba Taragüí y escuchaba la radio Nihuil, el primer noticiario de la mañana.
Siendo ya las 7.00 a.m despertaba a su esposa Rosa, una amorosa pastelera, con un dulce beso en la frente acompañado de un rico desayuno: un té La Virginia, una tostada con manteca dánica dorada y un tuby 4 de maní y caramelo, el preferido de su mujer. Conversaba 5 minutos con su amada y se despedía de ella con un beso de su pequeña boca, con gusto a te voy a extrañar. Después de esto le avisaba a Ricardo, su hijo de 17 años, un adolescente muy educado y estudioso, que se le hacía tarde para ir al colegio. Él muchacho tenía la nariz chica al igual que sus ojos de color marrón, cara bastante cuadrada y orejas grandes, rasgos característicos de su padre. Gerardo estaba muy orgulloso de él y siempre pensó que tendría un futuro muy brillante con cualquier carrera que eligiese. El joven una vez ya vestido, encendía el auto de su padre, un Renault 4L, mientras que su madre despertaba a su hermanita Thalía de 12 años, la princesa de la casa. Rosa les preparaba una torta con mortadela Paladini y un jugo Ades para que comieran en el recreo.
Gerardo a las 7.30 llevaba al colegio a sus dos hijos y luego volvía a su casa para abrir el quiosko que el atendía. Al ser el único quiosko en la zona tenía buenos ingresos y sus productos iban desde caramelos media hora hasta jabones y shampoo Cadum.
Ese día su amigo Oscar, un hombre grande vistiendo siempre de negro, había ido a comprarle unos cigarillos Marlboro. Cuando Gerardo le recibió el dinero, las monedas se le cayeron de la mano, debido a un temblor persistente que tenía desde unos días atrás. Su compañero le demostró su preocupación y aconsejó que fuera a visitar al médico para asegurarse de que no fuera nada grave y se retiró.
Gerardo con su ceño fruncido, como de costumbre, suspiró pensativo. Esa misma tarde fue al clínico con su esposa para realizarse unos estudios y así saber si estaba bien. Pasaron 2 días y el médico le dio la mala noticia: padecía de la enfermedad de Parkinson.
Con el correr de los días los temblores fueron aumentando y la depresión se apoderaba de su ser. Los medicamentos no surtían efecto, no lo suficiente. El trabajar le resultaba difícil, sobre todo cuando tenía que bajar algo de las góndolas superiores o entregar dinero, el cual optaba por dejarlo en el mostrador.
Su esposa e hijos fueron muy considerados con él en todo momento. Su hija le hacía dibujos con mensajes cariñosos y le contaba sus deseos de ser veterinaria para salvar a todos los animales. Su hijo Ricardo le ayudaba en el negocio y anotaba todo con su lapicera Parker, regalo de su padre. Su esposa le preparaba unas galletas exquisitas iguales a las Galletas Cuétara que él comía cuando chico. Gerardo agradeció a todos, les expresó su cariño y con lágrimas en sus ojos les dijo que ellos 3 eran su vida misma.
Un día domingo, Gerardo de buen ánimo, abre los ojos con sus ojeras hinchadas y despierta a toda la familia para ir a pasear a la montaña. Consecuencia de su enfermedad no estaba apto para manejar, por lo que su mujer manejó durante todo el viaje. Una vez en destino Ricardo bajó la parrilla y comenzó a hacer el asado. Mientras todos comían y tomaban Pepsi, el hombre de la casa, hizo un importante anuncio. Dado que su hijo estaba a punto de ser mayor, decidió regalarle el auto que tanta felicidad le dio. Su primogénito lo abrazó en agradecimiento, puesto que él sabía lo que ese auto significaba para su padre.
Habían pasado un almuerzo como hacía tiempo que no tenían, lleno de felicidad y risas.
Entre bromas se acercó una perrita sedienta y muy mal alimentada. Thalía como amaba a los animales le puso un tarrito con agua y sobras de comida. El can le movía la cola y de manera desesperada devoró todo lo que la amable niña le dejó. Toda la tarde jugaron tirándole una pelota de tenis Wilson y ella la traía de vuelta. El sol se puso sobre las montañas y Gerardo se colocó una campera azul Adidas de algodón. Todos se subieron al auto y el vívido animal de cuatro patas comenzó a ladrar. Thalía imploró que dejaran subir a la perra y astutamente argumentó que podría ser guardiana. El patriarca rascándose su barba des-alineada estuvo de acuerdo.
Llegada la noche todos cansados por el día cenaron leche Nido con Nescafé, mientras decidían que nombre ponerle a la nueva integrante de la familia. -Princesa, dijo Thalía. -No, mejor Cañifla, acotó Ricardo. Rosa delicadamente y remontándose a su profesión de pastelera mencionó el nombre Morita. El nombre era simpático y todos estuvieron de acuerdo. Gerardo se fue a dormir pensando en el hermoso día que pasó con su familia y que el día siguiente era 29 de Diciembre, lo que significaba que comería ñoquis con Mendicota, su ricota favorita.
Pasado casi un mes a causa de sus lentos y cortos pasos el Señor González aumentó de peso y su contextura se tornó rellena, y su familia se lo hizo notar en chistes más de una vez. Gerardo a pesar de no tener la dentadura completa, era de buen comer y el peso ganado le provocaba dolor en las rodillas y dificultad al caminar.
Era 25 de Enero, el hombre con un avanzado Parkinson y con un fuerte dolor de rodillas se quedó en la cama junto a Morita mirando programas como: Brigada A, Mac Gyver y Magnum. Podía estar todo el día mirando esas series, de hecho lo hizo. Eran las 11.00 p.m y Gerardo llamó a su familia y los reunió en la cama, recordándoles lo mucho que los amaba, que ellos tres eran su vida y que no sabría que hacer sin ellos. Sus familiares sonrieron y su esposa le respondió amorosamente que debía seguir y luchar por un futuro mejor. El hombre apagó la tv Hitachi y con Morita en sus pies se durmió.
Exactamente eran las 00.08 a.m del día 26 de Enero y en ese momento la vida de Gerardo González cambiaría drásticamente.Un terremoto sacudía Mendoza violentamente. Morita no paraba de ladrar, Thalía asustada corrió hacia la cama de sus padres. Gerardo le dijo a su esposa que fueran rápido al jardín, pero Rosa se negaba dejarlo allí. El hombre imperativamente repitió lo dicho hasta que su amada corrió con su hija en brazos. Ricardo ayudó a su padre a levantarse, e intentaron alcanzar a las mujeres de la casa. Las paredes se desplomaban a su paso, ya que eran de adobe y no estaban preparadas para tan bruscos movimientos. Al final del pasillo los hombres vieron como se desmoronó el techo sobre Rosa y Thalía. Desesperados rápidamente se acercaron, y quitaron los escombros para encontrarse con la peor desdicha: habían muerto. El reciente viudo de rodillas junto a su esposa e hija lloraba desolado mientras la catástrofe continuaba, sin darse cuenta que un muro estaba a punto de derrumbársele encima. El hijo al notar esto, empuja a su padre casi fuera de peligro, siendo él quién recibe todo el daño. Gerardo quedó inconsciente por la caída y una hora después logra volver en sí gracias a los besos de Morita.
Con la ayuda de unos vecinos lograron quitar todos los muros de adobe que se encontraban en el suelo, dejando al descubierto la tragedia que dejó el terremoto. Solamente nueve segundos fueron necesarios para causar la muerte de su familia y dejar a Gerardo sin nada, más que una profunda herida en su corazón, sabiendo que su hijita no sería nunca veterinaria como ella añoraba, que su hijo no podría concretar sus proyectos y que la mujer de su vida no estaría más junto a él.
Inmediatamente su amigo Oscar lo llevó a un hospital donde fue internado por heridas graves. Un mes después le dieron de alta al afligido hombre. Le dieron su ropa, su reloj y sus demás pertenencias.
El rostro de Gerardo había cambiado, su mirada se ubicaba hacia el piso, sus gestos transmitían tristeza, sólo podía recordar a su familia y las últimas palabras de su esposa antes del trágico suceso, debía seguir y luchar por un futuro mejor. En ese momento también recordó que su hogar había sido derribado, por lo que no tenía donde vivir. Envuelto en sus pensamiento no percató que delante de él estaba su amigo junto a Morita que ladraba de felicidad al verlo. Oscar le dio unas palmadas en la espalda y le dijo te llevaré a tu casa. Mirando fijamente su anillo de casamiento le contestó vacuamente que no poseía hogar. Su compadre lo miró con los ojos llorosos y con un risa traviesa lo subió al auto y lo llevó hasta su vivienda. Una vez allí Gerardo no podía creer lo que veía, ¡su domicilio estaba nuevamente construído! y con un grabado que decía “tu familia siempre estará con vos”. Oscar le contó que luego de que todos supieron su historia colaboraron para que pudiera tener un hogar una vez que saliera del hospital. El hombre lloraba de la felicidad al saber toda la ayuda que había recibido de sus vecinos, amigos y clientes.
Unos días despúes junto a Morita, fueron al cementerio a visitar a su familia, les dejó un ramo de rosas blancas y les agradeció por todo lo que hicieron por él y les hizo saber lo mucho que los necesitaba y extrañaba. Desconsolado volvió el hombre a su residencia, notó que era 29 de Febrero, suspiró profundamente y preparó ñoquis para cuatro sabiendo que comería sólo uno. Su esposa tenía razón y sabía que a partir de ese día su vida debía volver a empezar.
Ninguno de ellos imaginó que algo así ocurriría, excepto Morita (una dulce perrita), que comenzó a ladrar como si alguien hubiese entrado a robar a la casa. El piso comenzó a moverse lentamente. ¡Un temblor!, todos pensaron, algo que luego de ese hecho pasó a ser a moneda corriente. Lo que comenzó como un sismo se tornó más violento. El sismógrafo marcó 6,3 grados en la escala de Ritcher creando pánico en todo Mendoza, mayormente en Villa Hipódromo, una zona de la localidad de Godoy Cruz. Las casas se desmoronaban, los hospitales caían y las personas que estaban en la vereda corrían en busca de un refugio. Todo era un caos, especialmente en la casa de la familia González.
Gerardo González era el quioskero del barrio. Todos los días se levantaba a las 6.00 a.m. Se sentaba en la cama, bostezaba, con sus torpes manos se rascaba la nuca y somnolientamente se vestía. Se ponía su pantalón marrón claro, su camisa celeste lisa, la cuál prendía hasta el último botón, sus medias blancas Adidas, que su mujer lavaba haciéndolas aún más blancas y calzaba unas zapatillas blancas Topper. Luego se dirigía hasta la cocina, prendía la hornalla y colocaba la pava para calentar el agua. Mientras esperaba, iba al baño a realizar sus necesidades matutinas, se lavaba la cara con jabón rexona y peinaba su blanca cabellera hacia atrás. La pava silbaba avisando que ya estaba lista., por lo que el hombre se sentaba en la mesa, se tomaba unos mates con su yerba Taragüí y escuchaba la radio Nihuil, el primer noticiario de la mañana.
Siendo ya las 7.00 a.m despertaba a su esposa Rosa, una amorosa pastelera, con un dulce beso en la frente acompañado de un rico desayuno: un té La Virginia, una tostada con manteca dánica dorada y un tuby 4 de maní y caramelo, el preferido de su mujer. Conversaba 5 minutos con su amada y se despedía de ella con un beso de su pequeña boca, con gusto a te voy a extrañar. Después de esto le avisaba a Ricardo, su hijo de 17 años, un adolescente muy educado y estudioso, que se le hacía tarde para ir al colegio. Él muchacho tenía la nariz chica al igual que sus ojos de color marrón, cara bastante cuadrada y orejas grandes, rasgos característicos de su padre. Gerardo estaba muy orgulloso de él y siempre pensó que tendría un futuro muy brillante con cualquier carrera que eligiese. El joven una vez ya vestido, encendía el auto de su padre, un Renault 4L, mientras que su madre despertaba a su hermanita Thalía de 12 años, la princesa de la casa. Rosa les preparaba una torta con mortadela Paladini y un jugo Ades para que comieran en el recreo.
Gerardo a las 7.30 llevaba al colegio a sus dos hijos y luego volvía a su casa para abrir el quiosko que el atendía. Al ser el único quiosko en la zona tenía buenos ingresos y sus productos iban desde caramelos media hora hasta jabones y shampoo Cadum.
Ese día su amigo Oscar, un hombre grande vistiendo siempre de negro, había ido a comprarle unos cigarillos Marlboro. Cuando Gerardo le recibió el dinero, las monedas se le cayeron de la mano, debido a un temblor persistente que tenía desde unos días atrás. Su compañero le demostró su preocupación y aconsejó que fuera a visitar al médico para asegurarse de que no fuera nada grave y se retiró.
Gerardo con su ceño fruncido, como de costumbre, suspiró pensativo. Esa misma tarde fue al clínico con su esposa para realizarse unos estudios y así saber si estaba bien. Pasaron 2 días y el médico le dio la mala noticia: padecía de la enfermedad de Parkinson.
Con el correr de los días los temblores fueron aumentando y la depresión se apoderaba de su ser. Los medicamentos no surtían efecto, no lo suficiente. El trabajar le resultaba difícil, sobre todo cuando tenía que bajar algo de las góndolas superiores o entregar dinero, el cual optaba por dejarlo en el mostrador.
Su esposa e hijos fueron muy considerados con él en todo momento. Su hija le hacía dibujos con mensajes cariñosos y le contaba sus deseos de ser veterinaria para salvar a todos los animales. Su hijo Ricardo le ayudaba en el negocio y anotaba todo con su lapicera Parker, regalo de su padre. Su esposa le preparaba unas galletas exquisitas iguales a las Galletas Cuétara que él comía cuando chico. Gerardo agradeció a todos, les expresó su cariño y con lágrimas en sus ojos les dijo que ellos 3 eran su vida misma.
Un día domingo, Gerardo de buen ánimo, abre los ojos con sus ojeras hinchadas y despierta a toda la familia para ir a pasear a la montaña. Consecuencia de su enfermedad no estaba apto para manejar, por lo que su mujer manejó durante todo el viaje. Una vez en destino Ricardo bajó la parrilla y comenzó a hacer el asado. Mientras todos comían y tomaban Pepsi, el hombre de la casa, hizo un importante anuncio. Dado que su hijo estaba a punto de ser mayor, decidió regalarle el auto que tanta felicidad le dio. Su primogénito lo abrazó en agradecimiento, puesto que él sabía lo que ese auto significaba para su padre.
Habían pasado un almuerzo como hacía tiempo que no tenían, lleno de felicidad y risas.
Entre bromas se acercó una perrita sedienta y muy mal alimentada. Thalía como amaba a los animales le puso un tarrito con agua y sobras de comida. El can le movía la cola y de manera desesperada devoró todo lo que la amable niña le dejó. Toda la tarde jugaron tirándole una pelota de tenis Wilson y ella la traía de vuelta. El sol se puso sobre las montañas y Gerardo se colocó una campera azul Adidas de algodón. Todos se subieron al auto y el vívido animal de cuatro patas comenzó a ladrar. Thalía imploró que dejaran subir a la perra y astutamente argumentó que podría ser guardiana. El patriarca rascándose su barba des-alineada estuvo de acuerdo.
Llegada la noche todos cansados por el día cenaron leche Nido con Nescafé, mientras decidían que nombre ponerle a la nueva integrante de la familia. -Princesa, dijo Thalía. -No, mejor Cañifla, acotó Ricardo. Rosa delicadamente y remontándose a su profesión de pastelera mencionó el nombre Morita. El nombre era simpático y todos estuvieron de acuerdo. Gerardo se fue a dormir pensando en el hermoso día que pasó con su familia y que el día siguiente era 29 de Diciembre, lo que significaba que comería ñoquis con Mendicota, su ricota favorita.
Pasado casi un mes a causa de sus lentos y cortos pasos el Señor González aumentó de peso y su contextura se tornó rellena, y su familia se lo hizo notar en chistes más de una vez. Gerardo a pesar de no tener la dentadura completa, era de buen comer y el peso ganado le provocaba dolor en las rodillas y dificultad al caminar.
Era 25 de Enero, el hombre con un avanzado Parkinson y con un fuerte dolor de rodillas se quedó en la cama junto a Morita mirando programas como: Brigada A, Mac Gyver y Magnum. Podía estar todo el día mirando esas series, de hecho lo hizo. Eran las 11.00 p.m y Gerardo llamó a su familia y los reunió en la cama, recordándoles lo mucho que los amaba, que ellos tres eran su vida y que no sabría que hacer sin ellos. Sus familiares sonrieron y su esposa le respondió amorosamente que debía seguir y luchar por un futuro mejor. El hombre apagó la tv Hitachi y con Morita en sus pies se durmió.
Exactamente eran las 00.08 a.m del día 26 de Enero y en ese momento la vida de Gerardo González cambiaría drásticamente.Un terremoto sacudía Mendoza violentamente. Morita no paraba de ladrar, Thalía asustada corrió hacia la cama de sus padres. Gerardo le dijo a su esposa que fueran rápido al jardín, pero Rosa se negaba dejarlo allí. El hombre imperativamente repitió lo dicho hasta que su amada corrió con su hija en brazos. Ricardo ayudó a su padre a levantarse, e intentaron alcanzar a las mujeres de la casa. Las paredes se desplomaban a su paso, ya que eran de adobe y no estaban preparadas para tan bruscos movimientos. Al final del pasillo los hombres vieron como se desmoronó el techo sobre Rosa y Thalía. Desesperados rápidamente se acercaron, y quitaron los escombros para encontrarse con la peor desdicha: habían muerto. El reciente viudo de rodillas junto a su esposa e hija lloraba desolado mientras la catástrofe continuaba, sin darse cuenta que un muro estaba a punto de derrumbársele encima. El hijo al notar esto, empuja a su padre casi fuera de peligro, siendo él quién recibe todo el daño. Gerardo quedó inconsciente por la caída y una hora después logra volver en sí gracias a los besos de Morita.
Con la ayuda de unos vecinos lograron quitar todos los muros de adobe que se encontraban en el suelo, dejando al descubierto la tragedia que dejó el terremoto. Solamente nueve segundos fueron necesarios para causar la muerte de su familia y dejar a Gerardo sin nada, más que una profunda herida en su corazón, sabiendo que su hijita no sería nunca veterinaria como ella añoraba, que su hijo no podría concretar sus proyectos y que la mujer de su vida no estaría más junto a él.
Inmediatamente su amigo Oscar lo llevó a un hospital donde fue internado por heridas graves. Un mes después le dieron de alta al afligido hombre. Le dieron su ropa, su reloj y sus demás pertenencias.
El rostro de Gerardo había cambiado, su mirada se ubicaba hacia el piso, sus gestos transmitían tristeza, sólo podía recordar a su familia y las últimas palabras de su esposa antes del trágico suceso, debía seguir y luchar por un futuro mejor. En ese momento también recordó que su hogar había sido derribado, por lo que no tenía donde vivir. Envuelto en sus pensamiento no percató que delante de él estaba su amigo junto a Morita que ladraba de felicidad al verlo. Oscar le dio unas palmadas en la espalda y le dijo te llevaré a tu casa. Mirando fijamente su anillo de casamiento le contestó vacuamente que no poseía hogar. Su compadre lo miró con los ojos llorosos y con un risa traviesa lo subió al auto y lo llevó hasta su vivienda. Una vez allí Gerardo no podía creer lo que veía, ¡su domicilio estaba nuevamente construído! y con un grabado que decía “tu familia siempre estará con vos”. Oscar le contó que luego de que todos supieron su historia colaboraron para que pudiera tener un hogar una vez que saliera del hospital. El hombre lloraba de la felicidad al saber toda la ayuda que había recibido de sus vecinos, amigos y clientes.
Unos días despúes junto a Morita, fueron al cementerio a visitar a su familia, les dejó un ramo de rosas blancas y les agradeció por todo lo que hicieron por él y les hizo saber lo mucho que los necesitaba y extrañaba. Desconsolado volvió el hombre a su residencia, notó que era 29 de Febrero, suspiró profundamente y preparó ñoquis para cuatro sabiendo que comería sólo uno. Su esposa tenía razón y sabía que a partir de ese día su vida debía volver a empezar.
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